Relámpagos en cámara lenta

Crítica de Foudre (2022), de Carmen Jaquier, premio del Jurado de la ACPC al mejor largometraje de ficción en el 17 FICGIBARA

Dicen que Gian Lorenzo Bernini, pintor, escultor, y arquitecto barroco sin par, compartió su creación con una intensa vida amorosa que le causó no pocos sufrimientos. De gozar y padecer en carne propia las angustias de la pasión sexual, halló alivio en representar tales emociones bajo el pretexto de una piedad cristiana aleccionadora, capaz de advertir contra las tentaciones. En la representación marmórea de Ludovica Albertoni, la santa se palpa el seno derecho mientras el resto de su cuerpo se agita en una voluptuosidad más onanista que religiosa. Pero donde Bernini lleva al pináculo de la excitación mística a los personajes, delatados por una pasión erotizada, supeditada la sacralidad del momento a la eufórica expresión del deseo carnal, es en El éxtasis de Santa Teresa. Para ese conjunto escultórico, Bernini se ha inspirado en el relato de la beata:

“Veíale en las manos un dardo de oro largo, al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarme me parecía las llevaba consigo, y que me dejaba toda abrazada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No era el dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave, que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé gustar a quien pensare que miento”[1].

Foudre (2022), de Carmen Jaquier.

La interpretación al mármol de este pasaje encendido de amor a Dios podía funcionar como el mejor estímulo para iniciar una vida de novicia. Era una declaración rotunda de lo que, como experiencia vívida, esperaría a aquellas que se entregaran al Divino Esposo. En una época de flagrante oscurantismo en torno a la sexualidad, Santa Teresa no tendría idea de que simplemente había descrito un orgasmo.

De similar manera, una devota y joven cristiana relata sus relaciones carnales con los hombres en Foudre (2022). Este primer largometraje de la directora suiza Carmen Jaquier revela la intensidad que puede alcanzar el deseo sexual femenino y los subterfugios a los que apela la siquis humana en su afán de autentificar los impulsos de la libido. Corre el año 1900 en un pueblo suizo entre las montañas de Valais. La mayor de cuatro hermanas, Innocente, ha muerto en circunstancias no esclarecidas, y Elisabeth (Lilith Grasmug), se ve precisada a abandonar el convento y regresar a casa para ayudar a la familia en las labores del campo. La joven se reconoce como legataria espiritual de su hermana, asunto rubricado por el hallazgo del diario donde Innocente revela su lúdicra conexión con Dios a través del encuentro carnal reiterado con diversos jóvenes lugareños. Elisabeth dará continuidad a la cita romántico-erótica, llevándola al siguiente nivel: la exploración colectiva de la sensualidad, del intercambio hormonal, del éxtasis libidinal.

Foudre podría inscribirse en el llamado coming-of-age (equivalente a novela de aprendizaje) si no fuera por la amargura subyacente en el contexto de su trama. La diabólica presencia de un catolicismo acosador, coaccionante, depredador y cínico, secuestra la bucólica belleza de aquellos parajes alpinos e inyecta su repugnante y repelente intolerancia, en asociación con un fatídico humor pueblerino que impulsa dinámicas inquisitoriales y quema de brujas.

El deseo femenino ha sido fuente argumental de incontables filmes, por lo común mal representado en escenas protagonizadas por la abundancia cárnica antes que por un genuino tratamiento del hecho en sí. Con frecuencia se impone la falaz condición de que la fémina deba ser instruida por un hombre para alcanzar una sexualidad colmada.  Se ha llegado, incluso, al planteamiento de Hysteria (Tanya Wexler, 2011), en la cual “se vende” la masturbación como terapia proveniente del ingenio masculino antes que de la solvencia erótica innata en todo ser humano para gestionar por uno mismo sus apetencias sexuales. Por eso hay cierto grado de traición al comparar Foudre con El piano, sea cual sea el pretexto. Porque en la cinta de Campion, la protagonista es un objeto de deseo que hábilmente estimulada —bajo circunstancias en las que no hay mucho para escoger— desarrolla una respuesta sexual permisiva hacia el hombre que la manipula. Mientras que en Foudre la mujer se sirve de las diversas cualidades de sus amantes para vivir múltiples ángulos del placer, según le apetece. Son sus antojos, guiados por su fe en Dios, los que deciden el rumbo de su deleite.

Foudre (2022), de Carmen Jaquier.

El filme se abre hacia diferentes rutas narrativas al articular varios modos del relato. Por un lado, está el universo pictórico que asume el doble código de la imagen propiamente cinematográfica, y aquella que proviene del universo plástico de Giovanni Segantini y su cuadro Nature. Por otro lado, está el relato over desde una instancia narrativa metatextual, porque es el testimonio de la fallecida. Por último, y con igual jerarquía, emerge la historia como centro capital del discurso, y la banda sonora (música de Nicolas Rabaeus), suplemento que termina por solidificar el impacto estético de Foudre, término francés donde se funden el trueno y el rayo en un solo vocablo.

La parsimonia que se gasta Carmen Jaquier en Foudre, predeterminada por la cadencia flemática del guion escrito por ella misma, es una delicatessen, una metáfora de cómo suele transcurrir el ritual erótico femenino, si hablamos de calidad y no de confundir gimnasia con potasio. El cine de mujeres, es decir, desde la perspectiva de género, es así. Aprenda o muera en el intento. Pero si usted sucumbe al aburrimiento viendo esta ópera prima con fotografía de otra galaxia (a cargo de Marine Atlan) y no tiene paciencia para tolerar esos tiempos dilatados, donde el placer va in crescendo cuando parece diferido, usted está apto para suspender el kamasutra.


[1] Summa Artis. Pijoan, tomo XVI, p. 163.

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